No es un cuarto oscuro, es una habitación. Sí, una habitación. No muy grande la verdad, lo justo para los muebles indispensables. Una cama de 90 de ancho por 180 de largo, un armario donde cabe la ropa justa de verano o invierno, a depender de la estación; una mesa con una silla espantosa (de Ikea) y encima una fina estantería que de todos los apuntes de este año algún día caerá. Las luces, tres. Y ahora una fundida. Una percha, unos cajones (añadidos por mí) y un cesto (también mío). Sí, es una habitación. El resto de cosas que hay en ella ya son decoración mía para hacerla un poco menos, como decir, aislada.
Al principio de llegar aquí me pareció lo justo y necesario, no necesitaba más; me conformaba con esto. Ahora; ahora cada vez se hace más pequeña. Me agobia, me presiona, me hunde, me ahoga. Tan pequeña, pero poco acogedora. Tan vacía de recuerdos buenos, unos pocos llegan a mi memoria. Tan escasa de alegría o un encanto que pueda animarme a seguir aquí.
Luego claro, pienso en salir. Salir de esta "habitación" porque hay más sitio fuera. Pero todo ese sitio que hay fuera es mucho peor que este cuarto oscuro vacío. Fuera es más amplio, más frío, e irónicamente hay el mismo silencio que en la habitación. Salgo y lo hago con malestar, con miedo o desprecio hacia lo que me espera fuera. Salgo cansada de tener esta sensación. Salgo para que todo pueda terminar ya. Y pienso, tampoco salgo tanto. Para comer e ir al baño. Y esas dos acciones del día en este sitio me hacen tener una presión en el pecho, una vaga respiración; unos suspiros largos y fuertes; una voz y mirada cansada.
Pues yo no me lo veo cuando las veo venir. Cuando cocino o paso por su lado. Pero sé que pongo esa cara. Igual que yo veo las suyas. Sí, las suyas. De incomodidad, de cansancio, de lástima.
Y quizá algunos vean estas cosas exageradas, pero no lo son. Son sensaciones a lo largo de muchos meses de siempre el mismo carácter, las mismas estupideces y acciones mal educadas. De intentar hundir, ahogar; de fingir y esconder y de hablar a las espaldas. De silencios cuando paso y risas cuando callo. De no pensar en lo que la otra persona puede sentir, pensar.
Solo es darse cuenta. Te devuelven lo que has hecho. ¿Karma lo llaman? Yo lo llamo lección. Una gran lección. Lección al hacerme ver que en un momento dado, me creí más que alguien, me creí superior en a saber qué, y eso a él le hizo sentir lo que siento yo ahora mismo. ¿La diferencia? Que él pensaba que no tenía a nadie y yo a mi suerte, aún tengo cierto apoyo. Pero la situación de dolor, la misma.
Perdón a ti, a todos.
Perdón por errar y fallar.
Por tener que aprender, sufriendo igual.