Miles de pensamientos que me vienen cada minuto del día, extremadamente intensos y la mayoría, sobre ti. Sobre lo mucho que me ayudabas fuese cuando fuese y lo que se nota.
Sobre cómo era que me besaras.
Sobre como era que me hablaras.
Sobre cómo era que me sintieras.
Sobre cómo era que me miraras.
Sobre cómo era que me tocaras.
Sobre cómo era que me tuvieras, y no me soltaras en toda la noche.
Sobre cómo era tu olor impregnado en mí.
Sobre todo lo que eras.
Y sólo me basta cerrar los ojos para verte enfrente de mí. Para recordar todo lo que me hacías sentir y lo que me produces aún. Para poder echar de menos todo lo que te preocupabas por mí sin yo pedírtelo y lo mucho que me costó apreciarlo. Para poder tener un sentimiento de los más reales que he llegado a tener y de lo más raro y distinto, y único.
Y luego sólo me queda respirar, suspirar, para aceptar que todo acabó ya. Y aunque, mi interior no es tan fuerte como para no llorar, lo es como para saber que aquello que duele, es lo que más importa en realidad, y tu ausencia, me duele más que nada. Y ese mismo interior tiene la esperanza de que algún día, lejano, cercano, le es igual, volverá a sentir lo mismo que sintió en esos momentos, y espera que sea contigo otra vez.
Y cuando te veo, simplemente sonrío sola. Aunque quiera o lo intente, pasar de alguien a quien quiero me es imposible, y si fui tan feliz, la sonrisa aparece por si misma, sin yo controlarla, sin yo decirle que se vaya, porque así, tú me ves, y sabes que, aunque me cueste, soy feliz sin ti porque te tengo en mí.