lunes, 22 de abril de 2013

Black&White

"El niño pequeño acompañaba a su hermana mayor a todas partes. A pesar de tener más años que él, ella era su hermana, su amiga. Era aquella que le ayudaba siempre. Que le hacía reír cuando lloraba, que jugaba con él cuando nadie otro lo hacía. Ella era divertida, agradable, guapa, era su hermana. Él pensaba en ella como su reina, como su gran amiga, como su compañera y su familia.

Ella ya era lo bastante mayor como para saber la situación. Sabía de sobra que él no era de su familia, que estaba en su casa por unos papeles de por medio.Que eran muy diferentes. El procedía de otra cultura, otro país; incluso hay gente que dice que de otra raza. Él era de piel oscura, con su pelo negro y rizado, con sus labio más gordos, con sus ojos más oscuros. Ella era de piel clara, con sus ojos azules y su pelo rubio. Completamente distintos, pensaba ella. Le quiero tanto porque ya le conozco desde que nació, porque a pesar de todo es mi hermano, pero siempre habrá un a pesar de todo.

Un día, como otro cualquiera, jugaban en el salón. Jugaban con sus muñequitos de siempre. Él era un héroe que tenía que salvar a la chica de las manos del malo que la retenía. 

-¡Suéltala malo! ¡Suéltala, déjala libre!

Mientras lo decía, chocaba su héroe con el malo del juego. Ella, desde fuera le observaba, le cogió la mano, la puso sobre la suya, y le preguntó:

-Shamir, ¿qué diferencia hay entre tu mano y la mía?

A lo que él no pensó la respuesta, no le hizo falta. No le miró. Siguió con su héroe y su malo y le dijo: 

                                                 "Que la tuya es más grande que la mía."

lunes, 15 de abril de 2013

Y volvería cada noche, y te buscaría cada día.

A esa niña solo le quedaba aquel bosque como un oscuro y lejano recuerdo. Hacía tiempo que ya no iba por allí, no se acordaba de cómo ir, o no quería acordarse.  
Se había dado cuenta de cual era la auténtica realidad. Que los sueños no llegan. No se cumplen, nunca aparecen. Los deseos estaban dentro de ella, los había llamado y suplicado, para que salieran por fin, y solo escuchó un largo silencio, que aún permanece.
Ahora ella era distinta, se había convertido en una persona distinta. Distante, seria, alejada, indiferente. 
Ya no tenía vida de noche, solo de día, y durante ella, solo era una sombra entre las luces. Caminaba, hablaba, pero no sentía. Aquel silencio se llevó todo sentir y padecer. 
Aquel silencio que apareció cuando él se fue, lo cambió todo. 
Cuando él se fue ella ya se lo veía venir. Las cosas habían cambiado, era todo distinto y aquello, por una parte les acercó y por otra, les distanció más. 
Ya lo aceptó antes de que ocurriera, y cuando ocurrió, se le olvido por completo todo lo que se había dicho a sí misma. "Le preguntaré todas y cada una de las cosas que tanto he pensado". "No lloraré". "Intentaré lo que sea por convencerle, por no perderle". "Le diré que le quiero". "Le diré que me quiera". 

Pero cuando le vio, se le olvidó todo. Él, él no era él. Había desaparecido. Era una sombra aún más oscura que antes, se había vuelto a poner su capa y ella no conseguía verle los ojos que tanto le gustaban. Entonces ya no supo qué iba a decirle, ya no supo qué hacer, porque ya notaba que le había perdido, que hiciera lo que hiciese nada cambiaría su decisión de dejarle, de seguir sin ella, de separarse. 

La conversación siguió, poco a poco, ella intentaba relajarse, asimilarlo, discutirle sus respuestas pero le era imposible. 

Le veía decaído, apagado, cansado, destrozado, perdido. Y ella solo sentía que quería que volviese a ser él mismo, que no podía verle así, le hacía más daño que cualquier otra cosa. La conversación cesó, el adiós llegaba, y ella no quería apartarse. 
Ya no era el hombre fuerte que conoció, ya no era aquel que podría seguir adelante. 
Era como un niño pequeño sin su muñeco para dormir. Era un jugador de póker sin su amuleto de la suerte. Era un jinete sin su caballo. 
Era alguien que ella pensó que no podría estar solo, y ella no quería dejarle solo. Ella quería cuidarle, abrazarle, acunarle, susurrarle, acariciarle y decirle que todo saldría bien. 

Pero los deseos, deseos son; y los sueños no se cumplen. 
No fue un adiós, fue un hasta luego, un hasta luego más largo de los normales. No aquel que es de un día para otro, si no aquel que, por no decir adiós lo dices, sabiendo que, aún meses y meses después, no volverá a haber un hola.

Ella bajó del coche, "hasta luego" se dijeron. Camino a casa no se giró, porque si lo hacía bajaría corriendo de vuelta con él. Siguió, paso a paso, intentando no caer, no desvanecerse; con la cara llena de lágrimas. Maldiciendo todo lo existente. Paso a paso. Llorando. Paso a paso, notando su mirada fija en ella. Preguntándose que por qué no se iba y seguía mirándola. Paso a paso. Sufriendo. Paso a paso, recordando cada momento perfecto entre ellos. Paso a paso, sabiendo, que no le tendría más entre sus brazos. Y aún así, dio el último paso para alejarse finalmente de él.