Todo felicidad alrededor. Ella estaba feliz. Era feliz. Ese momento nadie podía estropearlo. Música. Fiesta. Gente. Oscuridad y alegría. Recuerdos y más alegría. Ellas. Que le miraban, que le sonreían, que le ayudaban a cada paso, a mejorar, a no llorar. Que le acompañaron esa noche y muchas más, porque otra persona ya no lo hacía. Ellas que le cuidaban, le mimaban. Y en esos momentos lo hacían. Pasaba alguien. Miradas cómplices. Sonrisas tontas. Silencios eternos, situaciones incómodas. Ellas seguían la fiesta, pero ella continuaba mirando. Su cara, su mirada, sus gestos, su ropa. Memorizaba cada centrímetro suyo, en busca de un hueco para almacenarlo para siempre.
La noche continuaba. Ellas hablaban, reían. Y él volvía. Le rozaba. Le miraba. Le sonreía. Y ella le correspondía. Y era feliz, lo era. Él le miraba, le hablaba, le invitaba, le observaba. Ella era feliz. Que más daba el resto. Todo lo acompañaba. Noche perfecta. Momentos perfectos. Música de fondo, risas, alegría. Sus risas, su música, sus alegrías. Que mas daba el resto, eran felices. Ella era feliz. Él parecía serlo.
Pasado en común. Y un futuro poco a poco llegaba. El futuro que en un principio se decidió. Luego se quiso cambiar, ella lo quiso cambiar, ella lo tenía que cambiar. Pero ha vuelto a ser el futuro esperado, decidido, el futuro adecuado. Que mas daba el resto, el ayer. Eran felices. Ellos, a su manera.

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