Todos somos egoistas, mentirosos y traidores, solo que algunos lo hacen más a menudo, viven de ello y hasta les gusta. Actuamos por y para nuestro bien, con unos principios, unas razones, una forma de ser única en el mundo..dejando los sentimiento ajenos..pues eso, ajenos.
Desde pequeña te enseñan a vivir, a saber que tú sola has de aprender a ser buena persona y lo intentas creyendo que lo haces bien, pero nunca es así.
Coges unas costumbres y si esas costumbres las irrumpen, te quejas, lloras y luchas porque te sea devuelto lo que te mereces. Pero si es al revés, si lo injusto es hacia otra persona, tú también quieres ayudar, lo necesitas, no hagas lo que no quieres que te hagan, ¿no? Pero intentando ayudar, lo complicas más.
Siempre quieres que todo vaya bien, pero eso es complicado.
Siempre tienes problemas, pero aun así, ayudas a los demás. Pero..
Siempre haces algo mal que lo estropea.
Y yo lo he intentado, he hecho lo que me han pedido, y he fallado.
He hecho lo que no querían y claramente, he fallado.
He rogado, llorado, reído, gritado, ayudado, olvidado, regalado.. y he vuelto a fallar.
Llegas a un momento en que no te queda nada, y te aferras a estupideces por tener o creer tener una meta en la vida. Absurda meta, por cierto.
Estar esperando a una persona, hora sí y hora también, para simplemente decirle "hola".
Escribirle, hablarle, hacerle reír (o intentarlo), dejarte la piel para después ni siquiera saber si siente lo mismo. Que sólo él, entre setenta personas, hable contigo y te haga sentir especial aunque no lo sepa. Y tú, crees que sientes algo, porque te comes la cabeza, piensas y piensas, sin ninguna señal suya, nada. Te pones celosa, porque te gusta ponerte así, por creer que quizá lo haga aposta o por creer que alguien te importa tanto como para ello.
Hasta llegado el punto en el que paras, recapacitas, te das cuenta y quieras que no, continúas con la misma vida.

