miércoles, 31 de agosto de 2011

Ella.

   Ella se levantó una mañana y lo vio claro. Pensó en él y le llenó un sentimiento puro y hermoso. Entonces lo comprendió, no supo cómo pero lo comprendió que se había enamorado de esa persona. Se sentó en la cama y se puso a pensar.. ¿por qué sería?, ¿por su sonrisa?, ¿por su carisma?, ¿por su mirada?, ¿por su forma de actuar, de pensar..?
No lo sabía pero no le importaba, sólo quería aceptarlo y entonces, saber si él le correspondía.
   Ella, tan vergonzosa y tranquila, tan miedosa en ese aspecto, no se atrevía a contarselo. Y así, queriéndole en silencio, pasaron los días, los meses.. y mientras, ellos dos compartiendo una simple amistad que a ella le dolía.
   Ella poco a poco, se dio cuenta de que él también sentía algo. Los comentarios, las miradas, las sonrisas sin razón.. Y finalmente, se lanzaron.
   ¿Felicidad? Se quedaba corto. ¿Alegría? Muchísima. Con la notícia de que él le quería ella no podía ni hablar, ni decir palabra, sólo respirar porque él respiraba por ella.


   Pero después de tanto esperar, de sufrir, de pensar y de luego ser feliz, la tormenta llegó. A ella, esa chica inocente, buena, gentil, se le calló el mundo. Todo. Perdió un verano, perdió parte de su ser, por aquel chico estúpido que le hizo daño. Y aun así, siguió queriendole. Seguía pensando en él, en lo que le habría dado, en lo que significaba para ella y él simplemente, jugó. Se lo pasó bien y se olvidó.

   Ella, convencida, quería olvidarse de él, sabía que no se merecía su cariño y su amor, pero les unía algo tan fuerte que no les separaría tan rápido.
   Ella le miraba en el instituto, entre clase y clase, sus miradas se unían, mientras el sonreía y ella se enamoraba más, el tiempo pasaba.

   Un día, él decidió hablarle, pedirle disculpas, quiso volver a empezar de nuevo y ella por todo el cariño que le tenía, aceptó. Le siguió, le dio esa segunda oportunidad que todo el mundo merecía y siendo él, más. Pero nada cambió, ella se esforzaba, ella iba detrás, ella sufría y lloraba y él, otra vez le dejó de lado.

   Ella se rindió. No veía más alternativas. Ella lo había intentado todo. Ella quería hacerle feliz. Pero si le hacía feliz a él, su vida no sería lo que se merecía. Siguieron pasando los días y los meses. Ella desesperada, lo intentó con otro chico, quería olvidar todo, intentaba cambiar sus sentimientos, pero no pudo. No pudo. No pudo. Se llamaba tonta así misma por no saber cómo aceptarlo y por no saber seguir adelante sin él.

  Más días. Más meses. Más dolor. Y él volvió a aparecer. Pero esta vez, era distinto. Era cariñoso, atrevido, divertido, era tal y como a ella le gustaba, pero no sabía si volver a confiar. Decía su nombre, pensaba en él y el pecho le dolía, le costaba respirar y su mente y cuerpo se perdían en los malos recuerdos. Pero le quería. Le quería como a nadie. Y sólo el hecho de poder besarle, de poder compartir con él sus penas y alegrías, lo perdonaba todo.


   Ella. Dulce, sensible, cariñosa, alegre, inteligente, encantadora, preciosa, única. Era única y perfecta. Y le pertenecía a él.

   Él. Travieso, gracioso, guapo y humilde, sensible y encantador. Era diferente y a su vez de lo más normal. Y le pertenecía a ella.


¿Qué el amor se termina? Puede ser. ¿Qué no es para siempre? Tal vez.
Pero es tan hermoso y tan perfecto, que sólo quieres tenerlo. Cueste lo que cueste. Sea como sea. Como ella hizo, como ella consiguió.




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