[...] Todo a mi alrededor era frío. Era húmedo. Y era absoluto silencio. Sólo oía el sonido de unas gotas contra el suelo y mi única respiración en todo aquel lugar. Olía raro y a pesar de no poder ver nada por la oscuridad, sé que él estaba ahí, mirándome, y yo no podía hacer nada. No sabía qué hacer. Me sentía prisionera de él y mi cuerpo no respondía.
Miles de sensaciones me vinieron en un momento. Angustia, dolor, agonía, desesperación, sufrimiento, miedo. Y lo único que me podía consolar, era dejar caer las lágrimas que me ahogaban, pero aguanté, pues no le iba a dar a él ese placer. Y respiré hondo. Y aguanté.
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero se me hizo algo eterno. Algo interminable, algo no deseable para nadie.
Poco a poco, el frío iba metiéndose en mi cuerpo. Notaba como las piernas ya no me respondían, notaba como mis labios se secaban, y mis manos se debilitaban. Me encogía sobre mi misma, abrazándome con mis débiles brazos, pero de nada servía. Intentaba pedir ayuda; hablar. Pero nada salía de mi garganta, ni un simple gemido, ni un pequeño susurro; nada. Y del cansancio, del dolor, del miedo y de mis pocas energías, caía en desmayos pequeños, que me dejaban traspuesta y sé que pasaba tiempo aunque no sé que ocurría, y volvía a despertar.
Después de despertar, no recordaba qué soñaba o que pensaba durante tanto tiempo, pero me sentía algo mejor. Como más tranquila, más serena, sin tantos nervios y sin tanto miedo. Pero intenté una y otra vez recordarlo, y no lo conseguía. Esa impotencia de no saber qué era aquello que me hacía menos infeliz, o menos desdichada me hundía más y más. [...]
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