lunes, 16 de julio de 2012

Sin más que eso.

[..] Me acosté en la cama. Aun sabiendo que no podría dormir, necesitaba tumbarme, mis piernas me temblaban, me fallaban, y creía que de un momento a otro caería. Me tumbé apoyándome en la almohada y abrazando con todas mis fuerzas el cojín. Notaba mi corazón latir con fuerza bajo mi pecho, notaba una presión en el estómago y debilidad en todo el cuerpo. Mi respiración me fallaba, me costaba sentir el aire dentro de mí, y temblando, las lágrimas no dejaron de caer. Primero la impotencia de no poder parar me hizo llorar más y más. Y al final, en silencio, dejé caer sobre mi cara todas las que mi cuerpo necesitara. Me puse de lado mirando a la nada, mirando la oscuridad, mientras notaba una lágrima cayendo desde mi ojo, pasando por la nariz, y bajando por encima de mi otro párpado también mojado hasta caer en la almohada, esa almohada que ya llevaba soportando mis horas de lllantos y sufrimiento, que me acogió cuando nadie podía hacerlo y que me dio el cariño que tanto necesitaba. No me tranquilizaba, no lo conseguía, y el calor inundaba mi habitación, llegaba hasta mi cuerpo, me hacía sofocarme más, me agobiaba más, me derrumbaba más. Y pasaban los minutos, convirtiéndose en una hora, en dos y seguía el silencio a mi alrededor y solo me oía a mi misma, a mi respiración intermitente y a mis latidos cada vez más apagados porque se daban cuenta de que todo había acabado, de que era tarde para volver atrás y de que todo principio tiene final. Pero que habían finales distintos. Estaban los bonitos, los alegres, divertidos, los felices. Luego estaban los tristes, los lamentables, los que nadie quiere ni desea. Y luego está el nuestro, nuestro final, tan único como nuestra historia, nuestros momentos y como nosotros. [...]

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