lunes, 16 de julio de 2012

Y volvería cada noche.

En la oscuridad una chica teme de los monstruos. Teme de los fantasmas, de los bichos, de las brujas, de los gremmlins y de los piratas. Ella se tapa, cierra los ojos y se imagina en un mundo completamente distinto. Donde los unicornios van a salvarla, donde las hadas le conceden deseos, donde hay príncipes que enamoran y que darían todo por poder quererla. Esa niña, inocente, se deja llevar por ese mundo tan maravilloso cada noche.

Por el día tiene una vida normal. Va al colegio, ríe con sus amigas, está con su familia, come, bebe y es feliz. Pero por la noche, se completa toda su alegría cuando con ganas, vuelve a su cama, su madre le da las buenas noches y le desea felices sueños. Ella le agradece sus deseos pero sabe que dormirá bien, porque vuelve al mundo que tanto le gusta.

Se tumba, cierra los ojos y llega a un bosque, lleno de árboles enormes que le dan sombra y cobijo donde se siente protegida. Y de fondo oye el ruido de un riachuelo que está cerca. Anda por la tierra, con un vestido blanco y unos zapatos sin mancharse en absoluto del barro que le rodea. Por el camino, se encuentra a todo tipo de criaturas que le hacen reír, que le ayudan a seguir hasta llegar a su destino, el cual, siempre sabía qué era, pero le sorprendía todas las veces.

Su paseo, le llevaba hasta un chico vestido siempre de oscuro, con una capa que le tapa la cara. Él, le coge siempre de la mano y le lleva hasta un manantial, donde caía el río que había oído antes. Allí, se sientan en la hierba y se abrazan. En ningún momento ella le ve la cara. Pero le siente y está tan segura, tan cómoda y tan feliz, que no le importa. Mientras se abrazan, el comienza a besarle los brazos, las manos. Comienza a acariciarle la cara, las piernas y le cuenta historias que le han ocurrido mientras ella estaba ausente haciendo su vida de día. Ella poco a poco, notaba su respiración igual que la suya. Sentía miedo al mirar la capa y no verle la cara. Le tenía un respeto increíble y una confianza plena. Ella le contaba también sus historias y él disfrutaba escuchándola tumbados, sin miedos, sin prisas, sin temores y sin secretos. Estando sólo ellos. Pasaban así toda la noche, y llegada la mañana, ella despertaba y él no estaba, sólo le quedaba su olor, su fragancia impregnada en su piel; le quedaban sus caricias por el cuerpo, sus besos apasionados, sus dulces palabras, y su voz.

Con esa alegría pasaba el día y esperaba con entusiasmo la noche. Esa vez fue especial, cuando llegó hasta el chico, no llevaba la capa y estaba de espaldas. Ella se emocionó. La idea de poder mirarle le gustaba y le hacía sentir especial y con más ganas de verle y de oírle. Cuando llegó hasta él, le cogió de la mano y esperó a que se girara, se giró y ella quedó petrificada. Tenía la mirada más penetrante y preciosa que había visto, que le dejó sin aliento. Se quedó mirándolos mientras él le hablaba. Entonces, le vio sonreír mientras le miraba, y ella ya no quiso salir de aquel cuento. Pasearon como la noche anterior pero esta vez le llevo a lo alto de la montaña, llegaron en seguida y desde allí se veía la playa en el horizonte, las estrellas sobre ellos y la Luna que parecía que había salido para alumbrarles a ellos y así poder verse. Esa noche fue especial, los besos fueron más allá, las caricias también y se convirtieron en un único ser. Pero volvió a despertar.

Y otra vez igual, pasaban los días y ella sólo quería convertirse en lo de la noche anterior, sólo quería tenerle, tener su olor en la piel le daba más ganas de amarle y el día se hacía eterno. Todo iba genial. No habían preocupaciones no habían problemas, no habían peleas ni llantos.

Un día de un mes que no recuerda, o que no quiere recordar, volvió a aquel mundo. Se encontraba con las criaturas de siempre, le guiaban y le hacían reír y llegó hasta donde él le esperaba siempre, pero esa vez no estaba. El bosque de golpe estuvo vació, era un campo llano, sin árboles, sin animales sin nada que le protegiera. Y empezó a llover y a hacer frío. Se sentía perdida, y lo peor de todo era que no le veía. No estaba. Y se dio cuenta de que ya no era una chica normal, había crecido, habían cambiado muchas cosas y supo, que no volvería a verle, supo que no volvería a tener su piel rozando la suya, que no volvería a oír su respiración, que no tendría sus besos tan dulces ni su olor en su piel. Que no tendrían esos momentos de intimidad en los que se contaban todo, en los que reían por cualquier cosa, en los que jugaban, en los que nada iba mal.

Se despertó y esa fue la primera noche que estuvo sin él. Se sentía vacía. Le faltaba algo muy grande dentro de ella. Le dolía el pecho y no se sentía nada bien. No entendía del todo por qué se había ido. Sí, ella había crecido, pero pensó que él iba a crecer con ella. Que iban a superar nuevos retos juntos y apoyarse el uno al otro. Ella no lo entendía, pero se dijo a si misma, por si él le oía, que estaría siempre esperándole. Que cuando quisiera volver a contarle cosas, ella escucharía. Que sólo tenía que aparecerse en el mismo sitio de siempre. Ella se prometió, que cada noche volvería a aquel lugar aunque estuviera desierto y frío sin él. 

Que ella haría una hoguera, se calentaría sola, hasta que él quisiera volver y le diera el calor que necesitaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario