Me gusta nadar, me gusta la sensación que me produce. Me siento capaz de todo, de poder llegar a donde sea.
Con los rayos de Sol rozando mi piel. Y a su vez ser frenados por el agua. Ese agua que primero tocan mis pies, mis piernas, cintura, mi tripa, mi pecho, y finalmente, voy notando como mi pelo se deja llevar por ella, como el pelo se vuelve más pesado, más ligero a la vez, como oscurece y como al final, cogiendo aire, toda yo esta rodeada de ese líquido que nos da la vida.
Abro los ojos, y a mi alrededor está borroso, está frío; pero a su vez más suave, más tranquilo, veo pequeños rayos del Sol que antes me rozaba entrando en el agua, que ilumina el principio del mar.
Eso es lo mejor, nadar en el mar. Nadar en una masa de agua tan grande, tan extensa, tan rica y perfecta.
Noto como la marea me mueve, lentamente, noto su fuerza en mi.
Salgo a respirar. Y cojo aire. Un aire puro, salado pero dulce, un aire agradable, natural. Y una brisa me da en la cara y me doy cuenta de que aquí soy yo, aquí soy feliz.
Decido recorrer toda esa masa de agua, observarla, vivirla.
Empiezo a nadar. A moverme con ella. Utilizando el agua a mi favor, sabiendo que ella me acompaña. Voy avanzando y bajo de mí las cosas van cambiando, las piedras desaparecen y llegan las algas. Llega esa parte oscura que intimida, que te dice dar media vuelta. Pero sigo dando brazadas, continúo mi camino. Y de pronto, veo algo brillar a mi lado, moviéndose, lentamente, al ritmo de la marea, con el movimiento de las olas. Y el brillo aumenta, es centelleante y cálido. Miro, y son gran cantidad de peces que pasan a mi lado, que no me rozan pero me rodean. Por mi derecha, mi izquierda, debajo de mí. Y puedo ver como comen, como se acercan a las algas y meten su cabeza, y abren y cierran la boca. Puedo ver como van apareciendo más y más, en un abrir y cerrar de ojos estoy rodeada de ellos, que me dejan verles, me dejan acercarme.
Y ese momento es uno que nadie me puede estropear. Donde yo soy quien está ahí, y ellos conmigo. Donde no hay un por qué, un cómo, ni un no. Donde solo soy un animal más, rodeado de otros tantos.
Donde no hay mentiras, no hay dolor, no hay miedo, ni adiós. Donde no hay engaños, ni secretos, ni amor, ni palabras que decir.
Donde solo hay silencio, tranquilidad. Donde solo miro y callo, y ellos me acompañan.
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