[...] o puede que sean los aromas que me hacen recordar, cada uno de los pasos que he dado, buenos como malos.
Puede que sea el aroma a café de buena mañana, lo que me recuerda mi casa y quien vive en ella.
O el aroma de colonias, de perfumes; de aquel que no podré tener nunca más, ni ver, ni oír, pero respirar su aroma de nuevo hace que piense que estoy entre sus brazos y que me está acunando como hacía antaño. Puede que sean colonias que tenía yo y que viví mil momentos con ellas puestas, que otras personas olían y les agradaba y me hacen recordarlas.
Puede que sea el olor a tabaco, aunque sea un olor malo, sigue siendo aquel que me recuerda las mil y una noches pasadas y las mil y una palabras calladas.
Puede que sea el aroma de su trabajo, que me hace echarle de menos y cuando pasa un obrero, lo recuerdo.
Quizá el olor de comida, de esa esencia que ella ponía a todos sus platos y de como te obligaba a comértelo, y aunque no te gustara, ahora es su olor y su esencia.
Mil olores, mil aromas, mil recuerdos: una única persona [...]
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